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27 Maio 2011

Dando continuidade ao tema do texto anterior...


... transcrevo agora um texto de um dos maiores filósofos espanhois do século XX, Julián Marías, que penso merecer a maior atenção. No final poderão encontrar uma sua tradução quase integral que, à época, encontrei numa revista de cujo nome não me recordo.


La espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular». Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten «por fe»; se entiende, por fe en la ciencia.


Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer.
Esta visión ha de fundarse en la distinción entre «cosa» y «persona», tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre «qué» y «quién», «algo» y «alguien», «nada» y «nadie». Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: «qué pasa?» o ¿qué es eso?». Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntarés «¿qué es», sino «¿quién es?».

Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical «innovación de la realidad»: la aparición de una realidad «nueva». Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter, viene de ahí y no es rigurosamente nuevo.

Diremos que «lo que» el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es «reductible» a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos «única», pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante.
«Lo que» es el hijo puede reducirse a sus padres y al mundo; pero «el hijo» no es «lo que» es. Es «alguien». No un «qué», sino un «quién», a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y es «irreductible a todo y a todos», desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo» se enfrenta con todo el universo. Es un «tercero» absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre.

Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está «alojado» en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: «voy a a tener un niño»; no dice «tengo un tumor».

El niño no nacido aún es una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclerosis avanzada, la extrema senilidad, el coma).

A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la «interrupción del embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración», y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.
Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal «no debe vivir», ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que protegido- en el seno materno.

Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la «hembra embarazada»), sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la «mujer objeto» y ahora se piensa en el «niño tumor», que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino «alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre», ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden.
El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del «quién», de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad.

¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshominización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final.


A mulher objecto e o menino tumor (excertos)

A espinhosa questão do aborto voluntário pode colocar-se de maneiras muito diversas. Entre os que consideram a inconveniência ou ilicitude do aborto, o problema mais frequente é o religioso. Mas costuma-se responder que não se pode impor uma moral “particular”.

Há outra posição que pretende ter validade universal, que é a científica. As razões biológicas, concretamente genéticas, consideram-se demonstráveis, concludentes para qualquer pessoa. Mas as suas provas não são acessíveis à imensa maioria dos homens e mulheres, que as admitem “por fé”; entende-se: por fé na ciência. Creio que faz falta uma abordagem elementar, acessível a qualquer pessoa, independentemente de conhecimentos científicos ou teológicos, que poucos possuem, de uma questão tão importante, que afecta milhões de pessoas e a possibilidade de vida de milhões de crianças, que nascerão ou deixarão de nascer.

Esta visão há-de fundamentar-se na distinção entre “coisa” e “pessoa”, tal como aparece no uso da língua. Todas as pessoas distinguem, sem a menor possibilidade de confusão, entre “quê” e “quem”, “algo” e “alguém”, “nada” e “ninguém”. Se se ouvir um grande ruído estranho, alarmar-me-ei e perguntarei: “que se passa? ou “o que é isso? Mas se ouço uma pedinte à porta, nunca perguntarei “que é?”, mas “quem é?”.

Perguntar-se-á que tem isto a ver com o aborto. O que aqui me interessa é ver em que consiste, qual é a sua realidade. O nascimento de uma criança é uma radical “inovação de realidade”: a aparição de uma realidade “nova”. Dir-se-á que deriva ou vem de seus pais. Sim, de seus pais, dos seus avós e de todos os seus antepassados; e também do oxigénio, do nitrogénio, do hidrogénio, do carbono, do cálcio, do fósforo e de todos os demais elementos que intervêm na composição do seu organismo. O corpo, o psíquico, até o carácter, vêm daí e não é rigorosamente novo.

Diremos que “o que” o filho é deriva de tudo isso que enumerei, é “redutível” a isso. É uma coisa, certamente animada e não inerte, em muitos sentidos “única”, mas ao fim e ao cabo uma coisa. A sua destruição é irreparável, como quando se parte uma peça que é exemplar único. Mas ainda não é isso o importante.

“O que” é o filho pode reduzir-se a seus pais e ao mundo; mas “o filho” não é “o que”, é. É “alguém”. Não um “quê”, mas um “quem”, a quem se diz “tu”, que responderá “eu”. E é “irredutível a tudo e a todos”, desde os elementos químicos até aos seus pais, e ao próprio Deus, se pensamos nele. Ao dizer “eu” enfrenta-se com todo o universo. É um “terceiro” absolutamente novo, que se acrescenta ao pai e à mãe.

Quando se diz que o feto é “parte” do corpo da mãe, diz-se uma insigne falsidade, porque não é parte: está “alojado” nela, implantado nela (nela e não meramente no seu corpo). Uma mulher dirá: “estou grávida” e nunca “o meu corpo está grávido”. É um assunto pessoal por parte da mãe. Uma mulher diz: “vou ter um filho”; não diz: “tenho um tumor”.

O menino ainda não nascido é uma realidade “vindoura”, que chegará se não o pararmos, se não o matarmos no caminho. E se se diz que o feto não é um “quem”, porque não tem uma vida pessoal, haveria que dizer o mesmo do menino já nascido durante muitos meses (e do homem durante o sono profundo, a anestesia, a arteriosclerose avançada, a extrema senilidade, o coma).

Às vezes usa-se uma expressão de refinada hipocrisia para denominar o aborto provocado: diz-se que é a “interrupção da gravidez”. Os partidários da pena de morte têm as suas dificuldades resolvidas. A forca ou o garrote podem chamar-se “interrupção da respiração”, e com uns minutos basta. Quando se provoca o aborto ou se estrangula, mata-se alguém. E é uma hipocrisia mais considerar que há diferença consoante o estado de gestação em que se encontre o menino que vem, a que distância de semanas ou meses do nascimento vai ser surpreendido pela morte.

Com frequência se afirma a licitude do aborto quando se julga que provavelmente o que vai nascer (o que ia nascer) seria anormal, física ou psiquicamente. Mas isto implica que o que é anormal “não deve viver”, já que essa condição não é provável, mas segura. E haveria que estender a mesma norma ao que chega a ser anormal por acidente, doença ou velhice. E se se tem essa convicção, há que mantê-la com todas as suas consequências; outra coisa é actuar como Hamlet no drama de Shakespeare, que fere Polónio com a sua espada, quando este está oculto detrás da cortina. Há os que não se atrevem a ferir, salvo quando a vítima está oculta – pensava-se que protegido – no seio materno.

E é curioso como se prescinde totalmente do pai.

Atribui-se a decisão exclusivamente à mãe (mais adequado seria falar da “fêmea grávida”, sem que o pai tenha nada que dizer sobre se deve matar ou não o seu filho. Isto, obviamente, não se diz, passa-se por alto. Fala-se da “mulher objecto” e agora pensa-se no “menino tumor”, que se pode extirpar como um abcesso repugnante. Trata-se de destruir o carácter pessoal do humano.

Por isso se fala do direito a dispor do próprio corpo. Mas, para além de que o menino não é parte do corpo da sua mãe, mas “alguém corporal implantado na realidade corporal da sua mãe”, esse suposto direito não existe. A ninguém é permitida a mutilação; os outros e o próprio poder público impedem-no. Se eu me quiser atirar duma janela, vêm a polícia e os bombeiros e impedem-me pela força de o fazer. (…)

Não se tratará disto precisamente? Não estará em curso um processo de “despersonalização”, isto é, de “desumanização” do homem e da mulher, as duas formas irredutíveis, mutuamente necessárias, em que se realiza a vida humana?

Se as relações de maternidade e paternidade são abolidas, se a relação entre os pais fica reduzida a uma mera função biológica sem perdurar para além do acto de geração, sem nenhum significado pessoal entre as pessoas implicadas, que fica de humano em tudo isso? E se isto se impõe e generaliza, se a Humanidade viver de acordo com esses princípios, não terá comprometido, quem sabe até quando, essa mesma condição humana?

(…)

Julián Marías

24 Maio 2011

Um grande texto de Olavo de Carvalho

Olavo de Carvalho

... este que passo a transcrever, com introdução de Carlos Velasco - o link do blog passa a estar disponível no miradouro (via Estado Sentido):

Disponibilizo aqui um texto do filósofo Olavo de Carvalho para a reflexão dos leitores. Se hoje o Brasil e Portugal se encontram em decadência, levando consigo todo o mundo lusófono, em primeiro lugar isso se deve à obra de destruição da cultura que começou há alguns séculos, quando Pombal, homem que já admirei, mas que aos poucos, graças ao estudo, passei a desprezar, expulsou os jesuítas. Uma das críticas feitas pelos estrangeirados, a da falta de atenção para com as ciências experimentais por parte da academia portuguesa, eram pertinentes, e os próprios jesuítas estavam a agir no sentido de suprir essa falta. Entretanto, Pombal abortou os frutos desse árduo trabalho que só poderia ser feito, se a qualidade fosse o objectivo, de maneira gradual, e destruiu a base da alta cultura portuguesa e brasileira. A reforma pombalina fracassou, como o próprio Domingos Vandelli admitiu, mas os seus resultados nos afectam até os dias de hoje. As piores consequências nem se devem à reforma universitária em si, que poderia ser revertida se as outras estruturas tivessem sido mantidas, mas ao facto da extinção da ordem jesuíta ter deixado um vácuo no ensino básico e secundário que nunca foi ocupado. O ensino de massas que mais tarde iria se desenvolver começou a partir de concepções já cheias de vícios: não por acaso assistimos hoje, quando ele finalmente se universalizou, a uma total inversão dos valores que sempre estiveram por detrás da ideia de educação.

Enfim, já escrevi demais. É hora de deixar quem sabe de facto escrever e possui um conhecimento ímpar se expressar:

Quem come quem

Olavo de Carvalho

12 de Junho de 1999

A luta pela "identidade nacional" na cultura brasileira tem sido uma longa comédia de erros. Enquanto nossos vizinhos buscavam sabiamente fortalecer os laços que os uniam à cultura hispânica de origem, lutávamos obsessivamente para cortar toda nossa raiz lusitana. Se é verdade que "pelos frutos os conhecereis", está na hora de admitir que apostamos no cavalo errado. De um lado, há perfeita continuidade de Perez Galdós a Jorge Luís Borges, de Unamuno a Octavio Paz, enquanto entre nossos literatos (para não falar de estudantes de letras) não se encontrará um só que, lendo Camilo Castelo Branco, não esgasgue a cada linha, intimidado por um vocabulário que com apenas um século de idade se tornou impenetrável mistério antediluviano. De outro lado, o idioma espanhol se afirma poderosamente como língua de cultura mundial, enquanto o português vai perdendo terreno aqui dentro mesmo, acossado pelo barbarismo midiático, manietado pelos fiscais politicamente corretos, açoitado pelos feitores da incorreção obrigatória.

Um efeito cíclico da nossa obsessão identitária é que, quanto mais nos afastamos da nossa raiz autêntica lusitana, mais temos de tomar emprestada a seiva alheia, seja francesa ou americana, e mais a nossa sonhada autenticidade se torna uma caricatura do estrangeiro. E o motivo disto é bem evidente: recusando-nos a desenvolver formas e estilos a partir de uma tradição lingüística própria, não nos resta alternativa senão rebaixar-nos a fornecedores de matéria-prima. Já no Romantismo, nós entrávamos com os papagaios e os coqueiros, Chateaubriand com a fórmula literária. Ora, em literatura, a forma é tudo: cor local, temas, cenários e documentarismo lingüístico contribuem menos para definir a nacionalidade de uma obra do que o faz a forma interna, esta sim, inconfundivelmente americana ou russa, inglesa ou lusa. A narrativa ágil e quase jornalística dos romances de Hemingway é sempre americana, quer a história se passe em Paris ou se adorne de acento espanhol. Imitada em francês, em malaio ou em urdu, permanece americana, pela força da matriz lingüistica onde foi gerada como solução americana para problemas expressivos americanos. Mais nos valeria, pois, ter desenvolvido a novela camiliana, mesmo que fosse em histórias passadas na África ou no planeta Marte, do que adaptar os temas nacionais ao modelo proustiano ou ao realismo socialista, ainda que temperados de gíria baiana ou mineira. O primado da forma, a sujeição da matéria, são leis inescapáveis, em literatura como em tudo o mais: "Quando o coelho come alface, é a alface que vira coelho, não o coelho que vira alface", resume Jean Piaget. Cobras e índios no molde literário de Apollinare não são cultura brasileira: são o delírio de um turista francês, intoxicado de cauim. O segredo da brasilidade autêntica do teatro de Ariano Suassuna não está nos temas, comuns a tantas obras epidermicamente nacionalistas, nem na imitação da linguagem popular, obrigação dogmática que se tornou cacoete: está em que a fórmula estrutural de suas peças não se inspirou em Sartre ou Brecht, e sim nos autos medievais lusitanos. Suassuna não é brasileiro porque come coco, mas porque digere a fruta local no estômago da tradição lusa. A forma é tudo. E um candomblé na Sorbonne não é sincretismo brasileiro: é a antropologia francesa engolindo o Brasil.

Mais fez pela brasilidade do romance um Machado de Assis, criando com assunto urbano e em português castiço a fórmula inédita das Memórias Póstumas (não há por que exgerar a influência de Sterne), do que dezenas de imitadores de Zola narrando histórias de escravos com sintaxe de cangaceiro. Uma nova fórmula vale mil assuntos. Ser brasileiro, para um romancista, é integrar a experiência — local ou mundial, pouco importa — numa chave intelectual e estética criada por nós segundo as nossas necessidades, e não integrar materiais locais e trejeitos lingüísticos regionais numa tradição narrativa francesa ou inglesa. É uma simples questão de quem come quem.

O protesto de Evaldo Cabral de Melo, de que só povos complexados se preocupam com a própria identidade, pode ser aceito como um exagero corretivo, mas continua exagero. A obsessão germanizante de um povo em luta com o complexo de inferioridade gerou Hermann e Dorothea e a filosofia de Fichte, Schelling e Hegel. E a afirmação xenófoba do russismo contra a hegemonia franco-germânica produziu Dostoiévski, Soloviev e Lossky. Abençoada neurose!

Nosso erro não está em buscar uma identidade. Está em três fontes de engano, nas quais bebemos compulsivamente há mais de um século. Primeira: revoltamo-nos sempre contra o dominador errado. Escravos da Inglaterra, continuávamos a nos bater contra o extinto domínio português. Intoxicados de francesismo, esforçávamo-nos por expelir de nosso ventre os últimos resíduos da herança portuguesa. E hoje, paralisados sob as patas do império mundial anglófono, encenamos ainda um ridículo Ersatz de rebeldia, não anti-anglo-saxônica e sim antilusitana, jogando bombas ideológicas contra a "língua dos dominadores", como se o FMI fosse presidido por Cândido de Figueiredo e a Gramática Metódica de Napoleão Mendes de Almeida fosse a Carta da ONU. Vista sob esse prisma, nossa pretensa busca de independência não é senão afetação e disfarce para encobrir nosso compulsivo puxa-saquismo, nossa incoercível devoção ao poder mais forte, nossa renitente hipnose de botocudos ante os prestígios internacionais do momento.

A segunda coisa: acreditamos demais na mágica besta do popular, do local, do costumeiro e corriqueiro. Achamos que falando de coisinhas do nosso dia a dia e imitando a fala do povo seremos nacionais, quando a força da criação nacional não está na sua matéria, muito menos no populismo do seu estilo, e sim na originalidade das soluções estéticas e intelectuais que, uma vez bem sucedidas, se transformam em soluções e modelos para outros escritores de outras nações. Dostoiévski não representa o gênio russo porque fala da Rússia ou porque imita a fala dos russos, mas porque inventou, desde a Rússia, um sistema de enfoques narrativos que desde então se tornou necessário para todos nós, seja para falarmos da Rússia, seja de nós mesmos. A originalidade de uma literatura nacional é enfim uma só e mesma coisa que a originalidade criativa de seus escritores, a qual por sua vez não é senão a capacidade de dar respostas sérias a ansiedades autênticas. E, quando isto falta, não há documentarismo, populismo ou automacaquice lingüística que o substitua.

A terceira fonte de engano é a perpétua confusão que fazemos entre o universal e o atual. Achamos que, para integrar-nos na cultura mundial, temos de acompanhar o debate que se desenrola entre os povos mais ricos e supostamente mais cultos. Nunca nos ocorre a hipótese de que, no curso desse debate, esses povos possam ter perdido o fio da sua própria tradição cultural, de que possam estar reduzidos à mais profunda incompreensão de si mesmos, de que possam estar mergulhados numa inconsciência que só um maluco suicida desejaria imitar. Tomamos sempre os povos importantes de hoje como se fossem os únicos intérpretes autorizados da tradição ocidental (para não dizer mundial), e nos recusamos a lançar um olhar direto e sem fiscais sobre um passado que eles mesmos, tantas vezes, confessam já não compreender mais. Quem nos garante que, examinando por nossa conta a antigüidade greco-romana, a cristandade medieval, a remota herança dos povos orientais, não seremos capazes de descobrir aí certos tesouros que foram esquecidos pelo establishment cultural euro-ianque ou que mesmo escaparam completamente ao seu horizonte de visão? Quem, que autoridade, que dogma inabalável nos reduz à condição de herdeiros indiretos que só podem ler Marco Aurélio com os olhos de Renan, Parmênides com os de Heidegger ou Aristóteles com os de Jaeger? Quem nos arrebata o privilégio de desfrutar diretamente de uma herança que não pertence só aos povos ricos e que os povos ricos tantas vezes desprezaram, traíram, aviltaram e perderam? Quem nos assegura que a linha de evolução intelectual da Europa moderna foi a única ou a melhor possível que poderia ter-se desenvolvido a partir do legado medieval e antigo? Por que embarcar na paralisante suposição apriorística de que não podemos descobrir aí novos e inéditos desenvolvimentos? Por que fazer da história intelectual européia o modelo paradigmático e inescapável da sucessão dos tempos? Por que repetir, como um disco rachado, que as coisas não poderiam ter sido de outro modo e recusar-nos a experimentar outros modos possíveis? Por que não podemos escandalizar e chacoalhar a empáfia dos usurpadores, lendo Heidegger através de Parmênides, Nietzsche através de Sócrates, a modernidade através da Idade Média? Por que não podemos, em vez de medir o passado com a régua dos senhores do dia, julgar os senhores do dia à luz das sementes cujo máximo e perfeito desenvolvimento eles, sem a mínima prova, asseguram representar? Por que não nos atravemos a provar que as antigas sementes, plantadas em terra nova, podem dar melhores e mais doces frutos do que as ideologias européias, o comunismo, o fascismo, duas guerras mundiais e a presente degradação intelectual do mundo?

Não fomos só nós que caímos na esparrela de abdicar de uma herança que nos pertence. Os portugueses, inferiorizados por não acompanhar pari passu o pensamento moderno, acabaram se esquecendo daqueles fantásticos filósofos de Coimbra, mestres de Leibniz, que em pleno século XVI já pensavam em economia de mercado e física probabilística, saltando três séculos sobre a ilusão mecanicista cujo prestígio, tão invejado pelos ìluministas lusos, só fez atrasar o desenvolvimento das ciências e inspirar, na política, os frutos mais letais do estatismo centralizador. Até hoje Portugal, como um príncipe bêbado que se imaginasse mendigo, atribui suas desventuras ao fato de não ter tido seu Voltaire ou seu Rousseau, quando seu único erro foi o de esquecer-se de si, o de não conseguir olhar seu próprio passado senão no espelho enganoso da modernidade alheia.

Por ironia, justamente nisso continuamos imitando servilmente Portugal. Iludidos pelo dogma de que o presente abrange todo o passado — quando por definição nenhum conjunto de fatos esgota o possível —, recusamo-nos a receber o legado das grandes épocas e continuamos mendigando às portas da mediocridade européia (e americana) atual. Barramos assim nosso acesso a uma verdadeira universalidade e continuamos nos agitando em vão na falsa alternativa cíclica do estrangeirismo e do localismo, ora em formato puro, ora ressurgida sob o disfarce do elitismo e do populismo.

Reincide no engano —só para dar um exemplo recente — o livro de Marcos Bagno, Preconceito Lingüístico. O Que É, Como Se Faz (1), ao assumir a defesa do mais entrópico laissez-faire gramatical contra toda tentativa de conservar a unidade da norma culta, abominada como mecanismo de exclusão social e opressão dos pobrezinhos. Adornando de terminologia técnica uma argumentação que no fundo não passa do habitual apelo ao ressentimento populista contra os adeptos do purismo vernáculo, supostamente também senhores do capital — ai, meu Sacconi! —, o autor nem de longe dá sinal de perceber que, afrouxada a norma portuguesa, o que haverá de predominar não será o democratismo igualitarista das falas populares, autoneutralizantes por sua multiplicidade mesma, e sim a influência ordenadora da norma anglo-americana, ocupando substitutivamente — e usurpatoriamente — o lugar da regra vernácula. Isso aliás já vem acontecendo, como se vê pela alarmante disseminação do uso de palavras portuguesas montadas segundo uma sintaxe inglesa — "amanhã estarei indo viajar" —, o que já não é mais a corriqueira assimilação de vocábulos estrangeiros e sim precisamente o contrário de uma assimilação: é uma adaptação do material nacional à forma dominante estrangeira, é ser assimilado, é fazer o papel da alface na fisiologia do coelho. Toda cultura nacional é um vasto sistema de incorporações, no qual manifestações isoladas e locais vão se integrando numa unidade superior, e isto acontece com a língua tanto quanto com as idéias. Se, no topo, esse movimento não encontra um critério de unidade que lhe seja próprio, ele logo se amolda a um de fora, preferindo antes ser assimilado do que voltar à dispersão de onde partiu. Se o prof. Bagno fosse um agente consciente do imperialismo, pretendendo dissolver a nossa unidade lingüistica para lhe sobrepor a americana, seu livro seria obra de inteligência, mista de maquiavelismo. Mas não: ele é apenas mais um esquerdista doido, desses que, ansiosos para expressar sua miúda revolta imediatista e cega, não sabem a quem servem em última instância e aliás não querem nem saber: falam o que lhes dá na telha e, de tempos em tempos, constatam, mais revoltados ainda, que tudo deu errado e seu mundo caiu.

Para cúmulo de inconsciência, o prof. Bagno, citando indevidamente Aristóteles, proclama que sua obra é política, quando a política para o Estagirita é o cuidado do bem comum, isto é, a vigilância sobre os rumos da sociedade como um todo, e nunca a adesão parcialista a exigências de grupos ou classes, defendidas como se valessem por si e sem o mínimo exame das conseqüências que seu atendimento possa produzir sobre o corpo da sociedade integral. Para os meninos da Febem ou para o lavrador de Ponta Grossa, pode ser bom ou pelo menos cômodo, a curto prazo, que os deixem escrever como falam, sem subjugá-los à uniformidade da norma. Subjetivamente, eles talvez se sintam, assim, menos excluídos. Mas, objetivamente, aí sim é que estarão excluídos, aprisionados na sua particularidade e sem acesso à conversação das classes cultas. Tudo depende de saber se preferimos enfraquecê-los pela lisonja ou fortalecê-los pela disciplina. Há nisso uma escolha moral que os amigos do povo preferem não enxergar. E se, levando as opiniões do prof. Bagno às últimas conseqüências, as próprias classes cultas desistirem da norma unitária e, para não passar por preconceituosas ante o olhar malicioso dos ressentidos, adotarem como obrigatória a entropia populista, então das duas uma: ou a entropia arrastará na sua voragem o pouco de possibilidade de diálogo racional que ainda resta neste país, ou então uma norma substitutiva acabará por se impor, e ela certamente virá da rede das telecomunicações, cujo idioma e padrão é o inglês. Qualquer das duas coisas será indiscutivelmente boa, mas para os Estados Unidos. E, se me perguntarem se o que é bom para os Estados Unidos não é bom para o Brasil, direi, de novo, que é uma simples questão de quem come quem.

01 Abril 2011

Atenção!

Bernard Lonergan (1904-1984)

A propósito do lançamento do livro do filósofo Bernard Lonergan, Insight - Um ensaio sobre o conhecimento humano, decorre neste preciso momento, na Universidade Católica de Lisboa, o colóquio "Os valores não são mentira", que pode ser visto em directo a partir daqui (clicar no link da rtp açores contido na apresentação).
Para quem chegou agora: neste instante realiza-se uma pausa para café; as comunicações são retomadas às 12:15h.

22 Janeiro 2010

De uma esquerda contra-corrente


Quadrinho da (excelente!) série de BD O Vagabundo dos Limbos, de Godard e Ribera

"Afirmo a existência do direito a ter pai e mãe, o direito a possuir uma filiação. Os avatares históricos podem privar-nos do pai ou da mãe, podem fazer com que tenhamos pais adoptivos. O que não se pode fazer é programar órfãos. Não há o direito de se preparar o nascimento de um ser que será privado de pai ou de mãe, como se estes fossem simples aditamentos supérfluos. Creio que a nossa origem simbólica de uma dupla filiação masculina e feminina, e o apaixonamento ligado a essa dupla filiação, nos cria um imaginário que ninguém tem o direito de pôr de lado."
Fernando Savater
(via Delito de Opinião.blogspot)

03 Janeiro 2010

Do tempo


«O que é, pois, o tempo? Se ninguém mo pergunta, sei o que é; mas se quero explicá-lo a quem mo pergunta, não sei. No entanto, digo com segurança que sei que, se nada passasse, não existiria o tempo passado, e, se nada adviesse, não existiria o tempo futuro, e, se nada existisse, não existiria o tempo presente. De que modo existem, pois, esses dois tempos, o passado e o futuro, uma vez que, por um lado, o passado já não existe, por outro, o futuro ainda não existe? Quanto ao presente, se fosse sempre presente, e não passasse a passado, já não seria tempo, mas eternidade. Logo, se o presente, para ser tempo, só passa a existir porque se torna passado, como é que dizemos que existe também este, cuja causa de existir é aquela porque não existirá, ou seja, não podemos dizer com verdade que o tempo existe senão porque ele tende para o não existir».

Santo Agostinho, Confissões, XI 14


«En aquel pasaje de la Enéadas que quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, se afirma que es indispensable conocer previamente la eternidad, que- según
todos lo saben – es el modelo y arquetipo de aquél… Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que
a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imágen hecha com substancia de tiempo.Una de las oscuridades, no la más árdua pero no la menos
hermosa, es la que impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en
el verso español por Miguel de Unamuno:
Nocturno el rio de las horas fluye desde su manantial , que es el mañana eterno… »

Jorge Luis Borges, Historia de la eternidad

11 Outubro 2009

Arthur Schnitzler (1862-1931)


«Não existe pior desperdício do espírito e do coração do que procurar convencer adversários que não se preocupam absolutamente nada em estar de acordo com eles próprios».

16 Fevereiro 2008

Pensamento do dia


A bove ante, ab asino retro, a stulto undique caveto.
Guarda-te do boi pela frente, do burro por detrás, e do tolo por todos os lados.

24 Setembro 2007

O divino, os carnavais e coisas que tais 2

Henri Rousseau

Na discussão que originou o primeiro post desta série, continua a existir, penso eu, mais do que uma confusão.
Uma diz respeito ao salto que frequentemente se dá, na argumentação, entre fé e religião. Esse salto só pode ser dado - e, mesmo assim, com várias reservas - quando se trata das religiões do Livro. Porque não existe qualquer fé no budismo ou no taoísmo, por exemplo, mas unicamente uma intuição radical, total, num plano semelhante ao que Descartes aponta como fundamento do conhecimento em si mesmo e que Platão e, em particular, Plotino, (para não falar de Hegel, de outra maneira) entenderam como o momento da sua aquisição definitiva. Uma coisa, porém, é intuir a existência do divino como fundamento de tudo e de mim mesmo, outra, a religião, que só pode provir de uma revelação divina ou de inferência humana sobre o que essa intuição traz consigo, incluindo as normas e os ritos destinados a confirmar e a celebrar a alegria desse encontro com a fonte eterna da vida.
Mas, como diz o mesmo Descartes, é preciso tornarmo-nos em atletas da intuição, aprender, pela prática continuada do exercício de pensar, a distinguir aquelas que são claras e distintas das nebulosas, das que ainda carregam em si elementos estranhos ou indevidamente ligados no raciocínio.
É por isso que, ao contrário do que o próprio Galileu disse, convictamente ou por conveniência, e que a partir daí foi usual dizer, a religião nem sequer pode ter a ver seja o que for com a moral. Na medida em que a intuição do divino varia, a ética que lhe está associada também; a única ética possível de ser associada à atitude religiosa é, assim, o respeito pelo outro enquanto participante ou criação do divino, quer dizer, enquanto nosso semelhante.
A religião como fundamento de normas morais, isto é, massificada, isto é, politizada, é o maior perigo que há, na medida em que estabelece uma antropologia definitiva e limitadora e qualquer uma que as estabeleça só pode vir a contar, mais tarde ou mais cedo, com as contradições entre a "razão" e a vontade, a revolta e a auto-destruição. Se a religião se arrogar ainda a acrescentar-se uma visão cosmológica será, como o foi para a cristandade ao arrepio dos Evangelhos, a tragédia que se viu, das quais ainda estamos em saldos de fim de estação. Essa é a forma abastardada da compreensão do divino, geradora de conflitos e sem a qual as pessoas viveriam bem melhor.
A intuição é um prelúdio ao conhecimento e, simultaneamente, um seu horizonte e quer um quer o outro exigem o desvelamento subsequente. A intuição do divino envolve a descoberta do encadeamento dos fenómenos na procura de os integrar no significado, no sentido da existência, mas apenas isso.
Pretendo eu dizer com isto que a dúvida é mais importante do que a crença e que o verdadeiro religioso é o que abençoa a própria dúvida? Sim. Só isso, obviamente, o tornará digno perante o seu deus, porque não o terá amado por cobardia ou medo, mas porque o quer amar face a face. E não é preciso sair do nosso século: só os “crentes” se escandalizaram e procuraram negar as dúvidas da Madre Teresa de Calcutá, vindas a público num livro publicado recentemente.
Pretendo eu dizer com isto que a esfera do religioso é semelhante à esfera do saber científico, sob este aspecto? Mais uma vez, sim. Então porque é que uma parte da humanidade não possui intuições sobre o divino ou se limita a crendices com interesses muito concretos? Possivelmente porque, da mesma maneira que há quem tenha intuições fundamentais em algo de tão abstracto como o raciocínio matemático ou estético, há quem as tenha em relação a um possível divino. Um ateu não tem essa intuição, do mesmo modo que Fernando Pessoa seria, talvez, um péssimo músico ou o excelente médico X, que demonstra uma intuição extraordinária para se orientar no meio de uma floresta de sintomas que a maioria dos seus colegas não consegue, será um péssimo artista plástico, porque não tem intuição espacial. Porquê? Dizer que está nos genes, não responde a nada: os genes são a expressão de uma possibilidade que a eles próprios permitiu que existissem e que lhe é obvia e necessariamente prévia. Haveremos de o saber, se decifrarmos o sentido da existência humana.
Um ateu vive muito bem, obrigado, se não vier um gajo qualquer dizer-lhe que é um deficiente “intuicional”. Vem um “crente” dizer-lhe: “Olha, não é por mal, mas tu és coxo de crenças, eu sou melhor do que tu, sou escorreito e o melhor é perceberes que se não for eu guiar-te, estás feito”. Não há paciência! Compreende-se! “Deficiente? Já te viste ao espelho, oh!, geniozinho da lâmpada?”. E não é que o ateu está carregado de razão? Se Deus fez o mundo, os ateus também são filhos dele, e portanto, se os fez que os ature; se formos todos deus, esquecidos de que o somos, os ateus lembrar-se-ão disso quando lhes for conveniente. Não se discute a existência do sentimento poético; quanto aos poemas, gosta-se ou não se gosta, estão de acordo com o nosso caminho ou acrescentam-nos. E eu posso não gostar ou mesmo recusar o que me traz uma determinada concepção do divino, senti-la mesmo contra a minha natureza (esse Paraíso violenta-me, meu!). A minha natureza é um facto e se a teoria não contempla o facto, é porque não é verdadeira. O problema é do teorizador.
Não aprendi isto sozinho. Passo a explicar: quando era jovenzinho, um dos amigos que fiz a certa altura tinha-se convertido recentemente ao islamismo. Se hoje em dia isso ainda seria maioritariamente considerado bizarro, nessa altura era mesmo quase inconcebível. A estranheza e a curiosidade que, naturalmente, lhe demonstrei geraram muitas horas de conversa entre os dois, bem como as minhas leituras do Corão e, depois, de livros de outras religiões que ele lera, antes da conversão, à mistura com os ateus Sartre e Nietzsche, de quem ele gostava particularmente.
Um dia em que fui até lá a casa, encontrei-o a falar com um amigo dele, que estudava o budismo. Entrei na conversa e, a dado momento, perguntei ao outro se ele acreditava em Deus. O meu amigo (parece-me estar ainda hoje a ver a cena) que estava de olhos baixos, ouvindo-nos, levantou de repente a cabeça, como se tivesse sido picado e disse-me num tom quase ríspido: “Pá!, isso não se pergunta a ninguém!!”. Fiquei tão surpreendido que não soube o que fazer e calei-me, sem sequer lhe perguntar porquê. Só descobri o que ele queria dizer e a sua reacção alguns dias depois. E nunca nenhum de nós chegou a falar com o outro sobre o assunto (escusado será dizer que ele não tinha grande apreço pela comunidade muçulmana portuguesa). Entretanto, tinha lido uma frase de Nietzsche de que nunca mais me esqueci: “Desconfiai dos berradores”.
Por hoje, chega. Quero que vocês se lixem. Nem revejo o texto, nem nada. Vou jantar, que já é tarde e tenho fome, seja lá qual for a razão que me fez com essa necessidade.
Até amanhã.

20 Setembro 2007

O divino, os carnavais e coisas que tais 1


Uma troca de ideias em que me tenho vindo a envolver desde há algum tempo no Que Treta!, com o seu “proprietário”, Ludwig Krippahl, e os restantes “frequentadores”, leva-me a iniciar a abordagem dos temas em foco nessa discussão (amigável), através da publicação sucessiva de pequenos textos que, no seu conjunto, procurarão esclarecer, com a sistematização possível, alguns aspectos que, inevitavelmente, não cabem, se dispersam ou ficam por referir num comentário. Dito de outro modo, procurarei fazer aquilo que me parece ser um indispensável “acerto do dicionário” em que se têm cruzado as diferentes perspectivas e pontos de vista, de modo a evitar os equívocos e o consequente “diálogo de surdos” que, a meu ver, se gerou, prejudicando a compreensão do que está em causa. E isto, sem recorrer sempre e necessariamente a elaborações teóricas complexas, mas também, como hoje, a pequenos casos e histórias, omitindo, como é natural, os nomes de quem nelas esteve envolvido.

Anos atrás, um amigo emprestou-me um livro de poemas de um seu avô já falecido, com quem tivera uma relação muito funda e terna. Pediu-me para ter um enorme cuidado com ele, uma vez que não só fora ele próprio que lho oferecera como era também o único exemplar que restava.
O avô fora um dos grandes cientistas portugueses do século XX (omito aqui também aqui em que área desenvolveu a sua actividade) e Einstein enviara-lhe uma carta extremamente elogiosa, convidando-o a trabalhar com ele nos Estados Unidos. Tal nunca veio a acontecer, por motivo de obrigações diversas, mas a família guardou sempre, com orgulho compreensível, a carta de Einstein.
Os poemas que encontrei no livro eram de uma beleza extraordinária. Toda uma concepção do cosmos era ali dada, numa visão de grandeza e maravilha, a que se juntava uma emoção profundíssima assente na experiência vivencial de um intimismo que provinha da busca de si mesmo e da raiz, lugar e significado da vida no universo. Lendo-os, veio-me à memória uma frase não me lembro de quem (Isadora Duncan?) que dizia que nenhum compositor americano conseguira, como a poesia de Whitman, traduzir o espírito e a intensidade emocional da América miticamente pioneira.
Os poemas do avô do meu amigo tinham exactamente essa música dentro de si, impregnando-nos de uma dimensão cósmica e libertadora, de um longe que se encontrava mesmo ali, dentro de nós. Quem quisesse, podia encontrar neles a síntese do que, segundo o neto, constava e era a inspiração dos trabalhos teóricos que fez ao longo da sua vida. Neles estava, em estado puro, a intuição que, posteriormente, procurara testar e explicitar de uma forma matemática e discursiva. E a visão do universo presente nessa intuição exigia, de uma maneira apenas poeticamente exprimível, admitir a existência do divino.
Voltei a entregar o livro e, estranhando nunca ter ouvido falar daquele nome, perguntei ao meu amigo que explicação dava para que ele fosse tão pouco conhecido. Respondeu-me que o avô nunca se preocupara com isso e que a sua avó, mal ele morrera, decidira destruir todos os exemplares, por considerar que ser crente e, além disso, poeta, era, num cientista, indício de qualquer problema do foro psicológico, uma das lamentáveis “maluquices” indiciadoras de uma excentricidade socialmente embaraçosa e comprometedora. Apenas aquele escapara, porque nunca soubera da sua existência.
A avó do meu amigo ignorava que, tempos antes, Openheimmer afirmara publicamente, provocando incredulidade, espanto, engulhos ou escândalo de muitos bem-pensantes, que os melhores livros de física que lera haviam sido os Vedas, os quais, com os Upanishades, formam o conjunto dos livros sagrados do hinduísmo. E duvido que isso sequer lhe interessasse.
A mim, porém, que nunca liguei a morte do meu pai à consumação da minha autonomia, antes sempre lamentei as incompreensões mútuas que impediram a nossa maior aproximação e amizade, não me fez impressão a presença de um deus pessoal nesses poemas; aceitei-o, enquanto parte essencial de uma visão profunda do Todo, embora o meu conceito de qualquer divino não inclua a relação paternal. E passados demasiados anos, a herança poética e a visão do mundo do avô do meu amigo, de quem desconheço o presente paradeiro, continua desconhecida e os meus compatriotas, por isso mesmo, mais pobres.
Nota: o link está disponível aí ao lado, a partir de hoje.

13 Setembro 2007

Frases que talvez possam mudar o mundo

"Jornalista: Porque é que veio a Portugal?
Dalai Lama: Porque me convidaram e me deram um bilhete."

07 Agosto 2007

Ainda antes de ir de férias por uma semana...

Henri Rousseau
... uma chamada de atenção para este texto, cujo interesse vai muito para além dos interesses e das áreas profissionais de cada um.

27 Junho 2007

Na sequência...

Brueghel, O Triunfo da Morte

... de intervenções incompletas, mais ou menos metafóricas e nem sempre explicitamente coerentes (ai! o tempo que não chega!) que tive em alguns comentários feitos no blog Portugal Contemporâneo desde há uns quinze dias a esta parte, deixo aqui, enquanto não me posso demorar em exposições mais claras, um pequeníssimo excerto de Contingência, ironia e solidariedade, de Richard Rorty, no intuito de sugerir que a mudança do âmbito em que os debates de ideias têm decorrido talvez ajudasse a esclarecer a verdadeira natureza das questões. Para evitar quaisquer conclusões apressadas, devo avisar desde já que não me identifico com a posição de fundo de Rorty, embora considere que os seus pontos de vista devam indispensavelmente ser tomados em conta.

"Na sociedade liberal ideal os intelectuais (...) Não sentiriam mais necessidade de responder às perguntas «Porque é liberal? Porque se preocupa com a humilhação de estranhos?» do que o cristão médio do século XVI sentia necessidade de responder à pergunta «Porque é cristão?» ou do que a maior parte das pessoas hoje em dia sentem necessidade de responder à pergunta «Está salvo?» (1) . Uma pessoa assim não precisaria de uma justificação para o seu sentido de solidariedade humana, uma vez que não era educada para jogar o jogo de linguagem em que se pergunta e se obtém justificações para esse tipo de crenças. A cultura dessa pessoa é uma cultura em que as dúvidas sobre sobre a retórica pública da cultura são respondidas não por pedidos socráticos de definições e de princípios, mas sim por pedidos deweyanos de alternativas e programas concretos. Tal cultura, quanto me é dado ver, poderia ser tão autocrítica e tão dedicada à igualdade humana quanto o é a nossa cultura liberal familiar e ainda metafísica - se não até mais.

(1) Nietzsche afirmou, com desdém, que «a Democracia é o Cristianismo tornado natural» (Will of Power, nº 215). Retire-se o desdém e Nietzsche estava bastante certo"